EL CALLEJÓN QUE YA NO ES (CUENTO DE NAVIDAD)

Este rincón de El Puerto, encrucijada de calles con solera reconocida entre los más longevos del lugar, con casas de color calamocha y blanco que van desde Santa Fe hasta la Zarza, está que se sale del mapamundi, está como nunca, como siempre ha estado, o mejor, como siempre ha querido estar. Su gente, su auditorio multirracial de días sin luna, desprende rayos de pimiento rojo ligeramente picante y de sabor pronunciado y dulce, el espelette. Sus patios arrebujaos de hortensias, geranios y jazmines, juegan con el olor al guiso marinero de Luisa, con la conversación clarividente del maestro barbero Rafael y echan de menos las permanentes de Teresa la peluquera que ahora está pasando una mala racha. Julieta, la colombiana de cálidos rasgos y sonrisa tenue, no sabe cantar los villancicos que Muñoli, el patriarcal e incansable profesor, tararea para sus adentros entre dos fogatas de madera vieja que esperan ansiosas a la chiquillería del callejón que ya no es. Úrsula, la viuda de Ferrer el camarero, anima la fiesta tocando palmas con fruición desde el trono de enea que le han arrimado las vecinas. El sonido de la botella de anís acariciada con fervor casi enfermizo por Paco Poa -el del cementerio-, envuelve con estridencia los sones del Noche de Paz, que por muy alto que se entone no hay dios en el mundo que le haga caso. Se anima el cotarro por momentos al son de la zambomba que el mandamás de los belenes maneja como nadie y del pandero de Martín –el Labordeta de El Puerto-, que serán inmortalizados con la foto fija de nuestro Cuellar particular, Nani, entrañable naniparatodo y para todos. Los pestiños, el vino dulce y las tortas de harina, manteca y azúcar que se deshacen en polvo al comerlas, pasan de casa en casa, de mano en mano, como testigos mudos que gritan a quien quiera oírles, que la caridad se vende cara en este barrio donde el egoísmo y la indiferencia no tienen cabida entre iguales. La niña que juega con el muñeco negro, desnudo, en la casapuerta, escucha como su madre trasiega con un catre de quita y pon para el cuñao de la vecina que viene a pasar la noche indulgente, la noche tierna, la noche desprendida, la noche buena… Y Sole y Luís con las puertas abiertas de “Los Patios”, su apuesta de vida del callejón que ya no es, enseñan al mundo a través del ciberespacio la sabiduría de los habitantes de una calle, Espelete, enseña y modelo de un barrio con los redaños suficientes para seguir estando vivo. Amanece sobre El Puerto y que salga el Sol por donde quiera.

Manolo Morillo manolomorillo@hotmail.com
Calle Luna
Diario de Cádiz – 23.12.2006