HOMENAJE AL BARRIO ALTO DE UN NIÑO FELIZ DE LA POSGUERRA.

Reflejo de la miseria y la desolación de entonces, es la autobiografía que ‘Muñoli’ tenía pendiente

begoña picos/el puerto información| foto: agustín álvarez / 30 mayo 2008.
Antonio Muñoz Cuenca, conocido cariñosamente como Muñoli, presenta esta noche en Safa San Luis su segundo libro, Paisajes y paisanajes, una recopilación de lugares emblemáticos de su infancia que aún hoy guarda en su retina, y un sentido homenaje a aquellos personajes característicos del Barrio Alto de la época de la posguerra que ha querido rescatar del baúl de los recuerdos para que no caigan en el olvido. Narra sus historias personales, su aportación, por qué no, a la memoria histórica e identidad de una ciudad. Muñoz llama la atención sobre algunos de ellos, su carácter y temperamento forjados en mitad de la pobreza y la desidia más absoluta, como Salvador El Largo, tirititero que de niño siempre quiso trabajar en un circo, o Canuto, un mendigo que caminaba errante por las calles del centro. Los niños, en los que el mismo Muñoli se incluye, lo insultaban, a lo que este hombre se daba la vuelta y con esa mirada propia de los pobres diablos contestaba ¡No sois cristianos!. “No se me va de la memoria. Los niños éramos crueles”, dice este profesor jubilado y concejal de Cultura durante los primeros años de la democracia.
Pero el libro incluye muchos más de estos protagonistas de los comienzos de la dictadura. Sobresalen José El Negro, El loco de la colina, Pedro Rizo, todo un atleta a sus más de setenta años, o El Bimbo. “Conocerlos, he conocido a casi todos”. Con algunos (los que aún viven), ha tenido oportunidad de reunirse y saber un poco más de sus vidas. Para hablar de los que ya fallecieron, primero siguió el boca a boca popular. Se guió por los vecinos, amigos y como no, familiares de estos personajes de antaño de la sociedad portuense de entonces, la que añora por ser entonces un niño.
De los paisajes, mucho tiene que decir Muñoli. Uno de los más significativos, la plaza de abastos, La Placilla, “el mercado donde la gente se arrastraba por el suelo pidiendo”. “Tenía diez años y nos comíamos hasta las piedras”. Él y otros niños “consumíamos mucho paisaje”, era lo único que podían hacer, recorrer El Puerto de cabo a rabo. De una parte a otra, el río Guadalete, “donde nos bañábamos, cuando las aguas no estaban contaminadas como ahora”, los chapuzones también en el Caño del Molino, “siempre fui un niño de calle, pero feliz”.
Paisajes y Paisanaje era una asignatura pendiente en la vida de Muñoz Cuenca. Un año intenso de trabajo, pero con la satisfacción de haber sacado a la luz los testigos más conmovedores de la época del hambre, “cuando veía a la gente marcharse a Alemania en busca de trabajo con aquellas maletas de madera”. Para esta voz en off de la posguerra, escribir este libro ha supuesto un gran esfuerzo y ahora quiere descansar tras saldar esta cuenta consigo mismo. Y es que Paisajes y Paisanaje es el reflejo de la forma de vida de la gente del Barrio Alto, la suya propia, su autobiografía, a través de este conjunto de personajes ajenos a su persona y las más bellas vistas portuenses incapaces de olvidar. “Conviene no olvidar esta parte de la historia para evitar que vuelva a ocurrir. En El Puerto había cientos de muertos vivos”.
Poco después, a la edad de once o doce años llevaron a este niño sufridor del aceite de ricino en su dieta alimenticia al internado del Safa en Úbeda, “donde me pasé un mes llorando”, pero nunca dejó de pensar en su ciudad natal, en lo que veía habitualmente, los paisajes de vinos, las playas solitarias de La Puntilla y Valdelagrana.
El libro ha sido impreso por Gráficas Lodelmar (Afanas) y difiere mucho de su anterior trabajo, El habla de El Puerto, edición que se agotó. Antonio Muñoz Cuenca se ha empapado siempre de la cultura. Fundador del Orfeón Portuense, viajero empedernido “y muchas más cosas que he sido”, colabora actualmente con Telepuerto, haciendo programas especializados en la cultura y el patrimonio portuense